En la noche del domingo 17 al lunes 18 de julio de 1994 se terminaba de definir, el campeonato mundial de fútbol. Luego de 90 minutos empatados en cero, y de un alargue de 30 minutos sin goles, Brasil e Italia fueron a penales. Y una ciudad futbolera como Buenos Aires estaba pendiente del dramático resultado, con las calles casi desiertas. La definición favoreció a Brasil, que así obtuvo su cuarta copa.
La selección argentina, capitaneada por Diego Maradona, había asomado como la gran candidata. Pero unas semanas antes de la final, tras ganar contra Nigeria 2 a 1 el 25 de junio, una extraña enfermera rubia llevó de la mano a Diego a un control antidoping amañado, anulable y negociado políticamente, que dias después dejó fuera de competencia al inigualable 10. Y con él, al seleccionado nacional.
Sin el epiodio del supuesto doping de Diego Maradona, probablemente el 18 de julio de 1994 hubiese encontrado a la Argentina en las tapas de todos los diarios festejando la obtención de Mundial. Para esas mismas horas, donde la atención de todas los medios del mundo pudo haber estado centrada en Argentina, los terroristas habían programado el atentado contra la AMIA.
Finalmente la euforia mundialista se trasladó a Brasil, pero el operativo siguió su marcha.
Desde la noche del 17 de julio y hasta las 2 o 3 de la madrugada del 18 de julio, un helicóptero de procedencia desconocida sobrevoló varias veces los techos de la AMIA, hasta casi posarse sobre el edificio. La llamativa presencia de un helicóptero se reiteró allí incluso en la hora previa a la voladura de la mutual. Y no fueron pocos los asombrados testigos que se presentaron a declarar lo que vieron:
